La cueva del extranjero by Jesús Ballaz

La cueva del extranjero by Jesús Ballaz

autor:Jesús Ballaz [Ballaz, Jesús]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Juvenil
editor: ePubLibre
publicado: 1989-11-14T16:00:00+00:00


El Extranjero

ESPERARON varios días a que Blas saliera, para poder volver por fin a la cueva del Extranjero y explorarla totalmente. Entonces se puso a llover. La impaciencia del torrero y de su amigo Panocha tendría que calmarse; en aquellas condiciones, las posibilidades de que saliera eran todavía más remotas.

Sin embargo, la espera no había sido inútil, sino, por el contrario, muy provechosa.

Alberto Durán pudo comprobar la tenacidad del muchacho para aguantar horas y horas con los prismáticos sobre la nariz, en una espera aparentemente infructuosa. Panocha empezaba a participar de los secretos del torrero y sentía su misma responsabilidad.

El chico estaba cada día más interesado en quedarse en el faro. Ya no se le hacía pesada la soledad de las largas horas en el acantilado. También Alberto Durán se sentía aliviado al entrever un futuro para aquello en que había trabajado tanto y, sobre todo, al pensar que todos los enigmas que aún torturaban su cerebro encontrarían solución con la ayuda de aquel chico despierto y decidido; de aquel chico que, a menudo, lo llamaba cariñosamente «abuelo».

La lluvia hizo que aquella tarde los dos prolongaran su sobremesa en una reveladora conversación, mientras el faro lanzaba ya sus rayos de luz alertando a los navegantes.

Alberto Durán le comenzó a contar:

—Ocurrió hace mucho, cuando esa cueva era sólo la Cueva Maldita. Era un día como éste, un oscuro día de nieblas, después de varios días de cielo encapotado. ¡Un día de perros! Ni siquiera los más osados marineros de Riante se habían atrevido a salir a pescar, porque se anunciaba temporal y mar gruesa. Había sido una primavera lluviosa y muy accidentada. El mar bramaba.

»Hacia media mañana empezó a levantarse un poco la niebla. Subían a rachas las nubes por los acantilados, desgarrándose sus mantos.

»Yo salí fuera ligeramente aliviado. Me invadía un cálido contento interior al pensar que mi faro podría servir para algo, si el temporal había cogido a alguien desprevenido en alta mar. Con gran sorpresa vi que unos hombres escalaban el acantilado. Iban maltrechos, como si hubieran zozobrado. Después las nubes volvieron a sustraerlos a mi vista. En vez de ir hacia ellos pensé que lo más cuerdo era esperar en el faro. Si me marchaba, tal vez no nos encontraríamos. ¿A qué otro lugar podrían dirigirse si necesitaban ayuda?

»Pasó un buen rato. Yo hice fuego para que no me cogieran desprevenido si venían mojados. Pero los náufragos no aparecían. Me asomé de nuevo a mirar el mar. Los rayos del sol, a ráfagas, llegaban ya a tocar la superficie de las aguas.



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